El Yoga y Yo: Mi Camino de Transformación

El Yoga y Yo


Hace 10 años que participé por primera vez en una clase de yoga. Fue mi refugio en un periodo en que tenía penas del corazón y pese a tener muchos amigos, me encontraba sola, pues mis papás se encontraban viviendo fuera de Chile (me sentía sola también)

Participaba en las clases de yoga a luca (mil pesos chilenos, que son como casi 2 dólares), sagradamente todos los viernes, iba con compañeras de universidad, amigas, sola, pero siempre iba. Me sentía contenida y me hacía bien.

Recuerdo que a veces era fin de mes y no tenía dinero para pagarlo, pero como siempre recogía basura que encontraba botada en la calle para dejarlo en su respectivo basurero, casualmente me encontraba mil pesos en la calle, era muy loco.

Desde ahí, mi práctica fue bien irregular, pero con una gran sensación y ganas de querer estar siempre ahí. Fue en el año 2016, el año que me fui a Australia, que tomé como una oportunidad para dedicarme a lo que me gustaba hacer: leer, cocinar, estar con amigos y practicar yoga, trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

Coincidentemente, ese año (2016) también fue un año difícil a nivel personal, salí totalmente de mi zona de confort y me costó mucho encontrarme, no lo estaba pasando bien, y el yoga fue nuevamente mi refugio. Conocí a una profesora hermosa, que me desafiaba y confiaba en las capacidades que ni siquiera yo sabía que tenía. Mi práctica se fue haciendo cada vez mas regular y disciplinada, y surgieron unas ganas enormes de querer ahondar en esta disciplina, quería que este año fuera distinto, que valiera la pena y estaba segura de que marcaría un antes y después en mi vida.

Fue así como empecé a cotizar cursos en India, Tailandia e Indonesia, para ser honesta, tuve que hacer descarte por los precios, los pasajes me encarecían mucho esta travesía. Hice toda una búsqueda, cotización y me fui con la me dio más confianza. Hice un listado a mano, me carga Excel, y lo hablé con mi marido. Él, más cuadrado y planificado, me ayudó a hacer un plan de ahorro para poder pagar anticipadamente el curso y me apoyo en mi decisión, y juntos decidimos el destino.

Me quedé con Indonesia, Bali, por estar más cerca del país donde nos encontrábamos, y porque era un lugar donde ya habíamos ido, y tanto a él como a mí nos daba tranquilidad saber dónde estaría físicamente, pues era para mí, el primer viaje sola, sin papá y mamá, sin amigas de la vida, sin mi compañero.

Ahorré el dinero, me preparé físicamente para poder subsistir a ese casi mes completo de entrenamiento, contacté a los organizadores y me inscribí a morir. Le conté sólo a mi círculo cercano y lo comenté con mi familia solo a un mes que este sueño se concretara. Me daba miedo que boicotearan mi decisión, pues muchos comentarios (imaginarios) venían a mi cabeza: “Nunca has hecho ejercicio y deporte, obvio que no resistes”; “estas gordita para ser profe de yoga”; “cómo dejarás a tu marido solo”; “ten cuidado, no descuides a tu hombre”, “eres abogada, qué haces en la mitad de una jungla”; “te crees Julia Robert?” ( jajaja). Bueno, resulta que cuando lo conté, nadie dijo nada de eso y me apoyaron full. (La mente de uno es heavy)

Quedaba una semana para partir, renuncié a mis dos trabajos en Melbourne (como nani y vendedora en un local de comida rápida de ensaladas), se aproximaba navidad, año nuevo, y comencé a despedirme de mis amigos y mi marido. Tenía una sensación muy extraña en mi interior, es un poco fuerte decirlo, pero sentía que me iba morir, veía todo como una despedida, pero no de un lugar o personas físicas, iba más allá, pero lo deje muy internamente.

Llegó el día y partí sola, a un viaje soñado y con mucha incertidumbre de lo que pasaría. Fue así como llegué a Ubud, Bali, me encontré con dos chicas más en el aeropuerto y nos esperaba una van para irnos al lugar donde estaríamos refugiadas.

El curso de formación de profesora de 200 hrs partió al atardecer del día siguiente, éramos alrededor de 20 personas de todas partes del mundo, en su mayoría de Estados Unidos y Europa, de todas las edades, y cada uno con sus historias. Comenzó en el sector llamado “Shala”, hermoso, tipo choza sin paredes, inserto en la mitad de la jungla, donde todos lo animalitos nos cantaban a diario, vacas, serpientes, grillos, caracoles, monos, lagartijas, hormigas, moscas, abejas, de todo, convivíamos juntos. Recuerdo que cada amanecer y atardecer escuchábamos mantras/letanías/cantos/oraciones de otras religiones, y daba una magia única a la experiencia que vivía.

Empezó la formación de profesores, nos levantábamos cada mañana a las 5:30 para a las 6 am estar listos y dispuestos para nuestra práctica diaria de 3 horas, con votos de silencio que partían cada despertar hasta las 10 u 11 am aproximadamente, es decir, no podíamos hablar ni hacer contacto visual con nadie, leer libros, celulares, etc. Creo que fue más difícil escucharlo que ejecutarlo, por su puesto que los primeros días fueron los más difíciles por la costumbre que uno tiene, pero a medida que pasaban los días se iba haciendo una rutina agradable.


(Esta foto en Bali junto a una Emma de Alemania. Foto de Zuna Yoga)

Fue una experiencia única que ningún relato podría describir la hermosa y soñada oportunidad que tuve en mi vida. Creo que recién 4 años después de dicho viaje, recién he podido dimensionar lo que ha significado para mi esta aventura. Siento que se puso una pequeña semillita que no ha hecho más que germinar y empezar a brotar este tiempo…para pronto florecer.

Ya de regreso a Chile, volví a trabajar tratando de mantener en parte esa hermosa rutina que había integrado en mi viaje a Bali, pero poco a poco las circunstancias me “impedían” o mejor dicho me trababan un poco para hacerlo. Finalmente, me agarro nuevamente la máquina y bueno, quedé embarazada de mi primer hijo.

No lo pasé muy bien laboralmente hablando mientras estaba trabajando y nuevamente el yoga vino a mi rescate, tomé un curso de especialización de yoga pre y post natal, donde una hermosa tribu de mujeres me acogió, me contuvo e hizo más dulce la espera de mi pequeño. Se me abrió un nuevo mundo y empecé a conocer de más cerca la realidad del yoga en Chile.

(Foto a  días de tener a mi hijo post clase de yoga)

Luego, nació mi bebe y junto con él volví a nacer yo. Aún no podía encontrar mi espacio para practicar, la maternidad y las demandas de la vida diaria me “impedían” volver a la práctica. Renuncié cuando se acabó mi post natal y me di unos meses más para estar en casa y planificar encontrar un trabajo con menos exigencia de tiempo y vida que la anterior. Busqué formas de conectar con la práctica e hice un voluntariado como profesora de yoga pre natal en una fundación, lo cual fue clave, porque mi corazón empezó a latir y sonreír muy fuerte cada vez que salía de ese lugar. Me di cuenta de que me gusta mucho compartir las bondades del yoga y ayudar a los demás desde otro plano.

Encontré un nuevo trabajo, sin embargo, no me permitió tener el tiempo que hubiera deseado, pero, dentro de mi corazón empezó a resonar mucho volver a la práctica constante y decidí en agosto de 2019 inscribirme en un curso de formación de profesora acá en Chile.

En marzo de 2020 partió mi esperado curso en medio del estallido social, y en el inicio de una pandemia, que cambio un poco la estructura de lo que esperaba de este curso, como también de querer tener tiempo para mi fuera de la casa.

Tuve la suerte que este curso lo dictaba un profesor que lleva años esto y su experiencia como profesor fue clave, porque no existió inconveniente para darle continuidad de forma online, y ser igual o más generoso con sus conocimiento y experiencia. Nunca falló, siempre estuvo ahí para nosotros… cuando dudamos siempre fue el primero en llamar o escribir. No sé que hubiera sido de mi en pandemia sin este curso y sin la compañía de este profesor y hermosas compañeras.


(Examen de yoga, tuvo que ser online)

Sin duda, no fue nada cómo lo espere, fue extraño porque esta vez estaba en mi zona de confort, el curso fue de la casa, pero con la guagua y perro encima o alrededor, llantos, ladridos, lengüetazos, se cruzaba mi marido por la cámara, etc. Estuve sin mat por casi dos meses…y tenia un espacio muy pequeño en casa para practicar…pero así pasó casi un año…y lo terminé…y siento que aprendí mas que en cualquier otro mejor escenario. No necesitas nada mas que tu cuerpo para practicar, el resto es accesorio.

Hoy, con mucho orgullo puedo decir que soy instructora de yoga y ha sido uno de mis grandes logros…un viaje interno bello, de autoconocimiento, de conexión con mi cuerpo, y de amor hacia a mí y los que me rodean.


(Recibiendo mi certificado como instructora, la entrega fue en un parque por la pandemia, con mi gran profesor Eric Manquez, de la Escuela Advaita Yoga)

Pienso en esa muerte simbólica que comenté más arriba, y claramente siento que una parte de mi quedó atrás y empecé a cocrear mi nueva versión de mi…en un camino donde no todo es color rosa, y cool, pero que ha sido perfecto para dar paso a esta nueva Pauli.

Podría decir con toda certeza que el yoga cambió mi forma de ver y vivir la vida y estoy inmensamente agradecida por eso. Hoy el desafío es integrarlo en mi vida diaria como un hábito, así como las duchas por las mañanas o el cepillado de dientes, para mantener ese equilibrio y bienestar en mi día a día, y luego poder compartir esta hermosa disciplina con todos aquellos que se quieran aventurar a trabajar en su cuerpo, respiración y mente. PG

 


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